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Federer-Nadal, duelo eterno

enero 26, 2012

Cuando Rafael Nadal y Roger Federer se sitúen cada uno a un lado de la red el jueves (Digital +, Eurosport, ELMUNDO.es) pasadas las 9.30 horas en España, el Rod Laver Arena de Melbourne asistirá a la colisión de los dos pilares sobre los que hasta hoy se asienta la Historia del tenis en el siglo XXI. Uno y otro compiten por algo más que una gran final. Otra más. Al otro lado del planeta reanudan un duelo iniciado hace ocho años en Miami y al que nadie se atreve aún a poner fecha de caducidad, como si la leyenda de uno alimentara la del otro.

Entre los dos primeros semifinalistas del Abierto de Australia suman 26 títulos de Grand Slam y 37 finales; 371 triunfos en 425 encuentros. Nueve de sus 26 actos previos se han desarrollado sobre el escenario de un torneo capital (7-2 favorable a Nadal, que sólo ha perdido contra el suizo en las finales de Wimbledon en 2006 y 2007). En Melbourne interpretarán el décimo, tantos como McEnroe y Lendl, que llegaron a cruzarse en 36 ocasiones, siempre en finales entre 1982 y 1987.

Nadal y Federer no se medían en la semifinal de un ‘grande’ desde su primera cita en un evento de esta categoría, en 2005, sobre la ‘arcilla’ de París, lugar escogido para el gran bautismo del español en el circuito. En este periodo de siete años que separa ambos puntos cardinales nunca se encontraron antes del duelo decisivo. Sólo el impulso de Djokovic y el azar han devuelto la rivalidad a una ronda secundaria, a la que regresan coronados ya en los cuatro ‘majors’. Antes de Nadal y Federer, sólo Rod Laver y Roy Emerson habían chocado sus testuces en un ‘grande’ siendo ya ambos campeones de todo.

Laver, ya en sus 73 años y a quien el infarto sufrido en 1998 no lo mato –aunque casi- sino que le hizo más fuerte, dice al periodista de Dpa que sus tripas, no su cabeza, intuyen un triunfo de Federer, con quien le encanta retratarse, ya sea en una escena de consuelo –como tras la final de Australia en 2009 ante Nadal-, o de festejo, como en el último homenaje al zurdo de Rockhampton con motivo del 50ª aniversario de su primer Grand Slam, de menos valor que el de 1969, como él mismo ha escrito: “En 1962 no podía considerarme el mejor tenista del mundo. Aquel año gané los cuatro ‘grandes’ con la ausencia de profesionales espléndidos como González, Rosewall o Hoad. También Buchholz, Olmedo, Gimeno o MacKay”.

En un análisis menos intuitivo, más racional, descifrar el nombre del ganador resulta mucho más complejo. Técnica y tácticamente no existen secretos. 26 confrontaciones después todo el mundo espera que la zurda cruzada de Nadal castigue sin descanso el revés a una mano de Federer. Cuanto mayor efecto ‘liftado’ despida la raqueta del balear, mayor altura tomará la pelota, lo que obligará a su rival a golpear por encima del hombro, debilidad por donde comienza a desarmarse su paciencia y, como consecuencia, su juego. Una vez desplazado de la zona confortable, reducido el riesgo, Nadal abrirá la pista en paralelo, y sólo si la ocasión se presenta propicia finalizará presionando en la red.

Federer imagina antes del partido un porcentaje del 100% en sus primeros servicios. En un día así, sobre una superficie rápida, su éxito quedaría asegurado. Difícilmente cedería un servicio y en más de una ocasión, apoyado en su excelente resto, obtendría provecho del saque irregular de Nadal. De paso, cumpliría otra de sus máximas ante su Némesis: reducir al máximo la duración de la cita, convertirla en un curso acelerado de saque y derecha, su combinación preferida, con la que alejar a Nadal de la línea de fondo y limitar así los efectos de su potencia y sus parábolas. Las pesadillas del número dos del mundo se materializan en una bola corta, en la ausencia de agresividad, en esa tendencia natural a ceder la iniciativa del juego, a agazaparse esperando la contra, como su Real Madrid de hoy.

Esta propensión a conceder metros se manifiesta, en muchas ocasiones, con un marcador favorable. “Nunca cambies un estilo de juego ganador”, recomendaba a todos Bill Tilden . Durante la consecución de su primer Grand Slam en 1962, en París, Laver necesitó cinco sets para superar los tres últimos obstáculos del cuadro. “Tanto [Neale] Fraser, en las semifinales, como ‘Emmo’ [Roy Emerson], en la final, pecaron de cautos”, recuerda en su biografía. “Cuando tienes a un tipo agarrado del cuello, sigue apretando. Si le dejas respirar, acabará castigándote”.

Por suerte para Nadal, Federer no firmará un 100% de primeros servicios. El tenista español cuenta entre sus virtudes la de encontrar un camino para que el suizo juegue mal, para conseguir en apenas un par de horas derrumbar esa montaña de confianza acumulada en los últimos 20 encuentros. Federer no pierde desde el US Open.

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